miércoles, 22 de mayo de 2013

Cortazariano

Madrugada cuasifrancesa y cuasimetafísica. De esas de Horacio Oliveira, pero con un café hierve vientres entre escalas pentatónicas hierve mentes, emulando el mate cebado entre vinilos orquestrales. Lo único francés en la habitación: nombres en lomos literarios apilados en una geometría no tan espantante como ellos mismos; libros recogidos por fantasmas antidiurnos que discuten en cuadrigas. Lo único metafísico ahí: la capa cero del modelo OSI.

Afuera, a veinte codos, la ultraviolencia. Batazos torácicos y craneotomías instantáneas con flash venusino a bajos costos.
Drugos del tercer mundo, sin cabello y mentales (con la mente hervida):
- ¿Y las putas?
- A dos calles.

Al lado de la ventana, viendo llover al viento y ventilando visiones: yo, frío, cero grados, cero voltios... cero, creo, ocre... ¡anagramas! ... amor, Roma, mora.... locura, ocular, curalo. Cero amor, creo Roma, ocre mora. La locura cura del amor ocular y las moras de Roma son ocres, creo.

La vecina, Aurora la aurora. Marcha fúnebre a última hora. Trasnochadora a quien nadie adora...
(¡Shuuuuuu!)


Al otro lado de la ventana, otra vez yo:
  • Metafísico. 
  • Cuasi. 
  • Metafrancés. 
  • Misèrable. 
  • 24601. 
  • Ultraviolento. 
  • Romano. 
  • Horacio. 
  • Puto. 
  • Creo... pero también destruyo.


Ayer tuve un sueño. Fue sensacional. La gente vivía en libertad....
(shiuiuishui)
Cuba es la patria, Venezuela es la patria, Argentina es la patria, El Salvador es la patria...
(shiuiuishui)
Happy, Happy, Helloween, Helloween, Helloween. Happy, Happy Helloween, uh uh uuh...


Madrugada cuasifrancesa y cuasimetafísica. De esas de Horacio Oliveira ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... sin la Maga.

martes, 7 de mayo de 2013

Estigmas tercermundistas: Cabello largo en un hombre masculino


RESUMEN EJECUTIVO LIBRE.

El cabello largo en un hombre suele ser una contradicción a toda formalidad en el statu quo. Transmite una amenaza estética a todo aquello que siempre ha representado un orden cobarde, una disciplina dogmática y una obediencia sistemática. El cabello largo en un hombre puede llegar a representar el inicio o el avance a una libertad individual, una solución alternativa a la producción en masa de unidades idénticas, un grito permanente a la corriente costumbrista y pasiva. El medio actual ha forjado sólidamente la estética de orden en un sujeto carente de imagen individual. Lo suprime a un individuo regular y sencillo, con camisa regular, con pantalón regular, con calzado regular. El individuo promedio actual es un no-individuo en términos de proyección. El costumbrismo ha creado a un individuo que ya no le interesa su apariencia, y aún peor, que ya no la busca. La sociedad violenta garantiza al individuo evitar buena cantidad de problemas si se convierte en oveja: una oveja no se mete nunca en problemas si no se sale del rebaño.


PRÓLOGO RAMPANTE.

«El tercer mundo es mental» me decía todo el tiempo un viejo amigo de infancia. La verdad yo ya no le sabía interpretar, pues para él todo era mental. Si no nos paraba el bus era una cuestión mental. Si caía la minga en la buchaca, también era mental. Todo. Yo estaba más preocupado preguntándome dónde puñetas estaría el segundo mundo. Antes no había Wikipedia, y los profesores de las ciencias sociales se empeñaban con parcializar la historia del mundo. No era su culpa. La historia del ser humano es parcializar la historia del ser humano. Una costumbre celebrada a diario. De tomos de enciclopedias no hablemos. En cada casa de un niño de los años noventa siempre estaría una televisión antes que una enciclopedia o un diccionario.
Nunca hallé el segundo mundo (¡no existe!). No existe. En la mundialización pareciera ser que lo importante son las componentes impares, como los armónicos de una onda física. El primer mundo es la componente fundamental, pero para que una región se constituya en la esfera son necesarias las componentes que forma toda la señal, toda la economía, sociedad, Estado. El primer mundo, el tercer mundo, el quinto mundo, el séptimo mundo... No olvidemos los falsos armónicos... para allá vamos. Sin cabello. Mental.


ACOTACIÓN ORATE.

Me corté el cabello hace años. Motivo: laborar (laburar), mal servir a la sociedad (suciedad), complacer al sistema (sustoma). Una cosa ridícula, cómo no, cortarse el cabello para hacer una función que legalmente está permitida hacerla con cabello verde, crispado, rasta, largo... o rapado, salvo donde las condiciones laborales realmente lo exijan, por seguridad. Y francamente no se me ocurre otra. ¿Militar, tal vez? Eso, militar.
Decía Horacio Castellanos Moya, en su El Asco:
... yo no lo podía creer cuando vine, me parecía la cosa más repulsiva, te lo juro, todos caminan como si fueran militares, se cortan el pelo como si fueran militares, piensan como si fueran militares, espantoso, Moya, todos quisieran ser militares, todos serían felices si fueran militares, a todos les encantaría ser militares para poder matar con toda impunidad, todos traen las ganas de matar en la mirada, en la manera de caminar, en la forma en que hablan, todos quisieran ser militares para poder matar, eso significa ser salvadoreño, Moya, querer parecer militar, me dijo Vega.


FIN ESTEPARIO.

Hay ovejas que piensan, pero no se alejan mucho del rebaño. Hay otras negras y especiales, pero no por ello dejan de ser ovejas. Pero hay otra clase de individuos que me gustan: los lobos.



ATERRIZAJE FORZOSO.

El Estado no debe sugerirte -ni obligarte- a cambiar tu estilo de cabello. Tu contratista te paga por ejercer una función laboral determinada, donde en ninguna cláusula se especifica que tu cabello tipo Rapulzel en cuerpo masculino deba ser alterado. Tu apariencia no tiene precio. Tu capacidad es la que debería evaluarse y no tu expresión superficial.
El militar: ese personaje cuya principal virtud es la disciplina, el orden y la obediencia; virtudes que maravillosamente ocultan características (antivirtudes) potencialmente peligrosas y oscuras. Sólo en países con violencia social arraigada se puede mostrar un respeto dogmático hacia los militares. Sólo en países con violencia política arraigada se puede invertir millones de dólares en una institución violenta, y rara vez invertir en educación a tasas altas.
Los cánones estéticos de nuestras sociedades son diversos. Definir los porcentajes podría ser doloroso.

Aunque usted no lo crea, en medio de todo este machismo y sociedad de consumo se vive en una sociedad de matriarcado en lo estético de bajo nivel (las bases). Véase las familias donde las mujeres definen el orden del hogar, el cómo se vestirán los infantes, de cómo lucirá la sala de la casa, de cómo deben comportarse los niños en sociedad. Esto promueve una sensibilidad importante. Se hereda un grado de protección a las costumbres, las cuales representan esa conservación vital necesaria, puesto que no toda conservación se debe entender como actividad obsoleta o ancla al subdesarrollo, así como no todo progresismo va en dirección correcta.
Pero en un país donde existe una enorme influencia religiosa es muy extraño educar desde casa a personas hacia la apertura mental, simplemente porque todo lo ajeno a cierta doctrina es mortalmente inmoral cuando es al matriarcado que se dirige la amenaza y no a la maternidad. Y si acaso se termina tolerando los patrones mundanos de familiares o amigos, estos comportamientos no serán aplicados nunca a sí mismos.

Se respetan demasiado aquellas prácticas milenarias, se respeta tanto la conducta rígida, se respeta demasiado la imagen visual, se respeta tanto la opinión del que respetan sin saber por qué lo respetan; se respeta tanto todo esto, que hemos dejado de respetarnos a nosotros mismos.

Esta fue una posición de un asalariado, clase media baja, que toma buses para todo, que apoya la libre expresión corporal y a los estigmatizados por el tercer mundo.



Ideas diversas sobre lo aparentemente útil que es estudiar (sistema académico convencional), pero sobre todo la farsa que es trabajar (empleo). Este sistema no se trata sobre trabajar y sentirte digno, se trata de tener el control sobre vos. Ideas que intentan explicar todas estas reglas de presentación personal, diálogos, conductas, etc. que ningún contrato dicta, y que de facto pareciera que es lo que más pesa. Esto, al final, desencadena en una opresión al alma, en una inhibición de la estética individual. Por ejemplo, usar uniformes es algo muy dañino para el potencial de cualquier persona. La costumbre actúa como enemiga de la originalidad. El alma del ser humano estará reprimida en una actividad monótona donde absorba más que la capacidad. No somos iguales.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Carta de renuncia exprés


VERSIÓN TRADICIONAL:

Estimados todos,
Agradezco infinitamente la oportunidad brindada, al permitirme acrecentar mis conocimientos y ganar experiencia, para aportarlos a la sociedad en su beneficio y mejora, de la mano de los principios y valores cívicos y morales.
No olvidaré que en esta empresa di grandes pasos, que crecí como persona, como profesional. Que todos los momentos vividos fueron para bien y siempre aprendí de mis errores. Aquí conocí el valor del trabajo, del compañerismo, del amigo. Esta fue mi más grande escuela, esta fue mi casa.
Por todo lo anterior, mil gracias. Gracias al presidente, vicepresidente, gerentes, administradores y a mis colegas con los que día a día dignificamos nuestras vidas.
Gracias por permitirme trabajar.




VERSIÓN CÍNICA.

Estimados todos, basta de ridiculeces.
Por fin me voy de este infierno, de esta casa de putas. Me cansé de enriquecer al dueño de la empresa, de matarme día a día para recibir una miseria de salario comparada con la ganancia que genera mi trabajo. Durante años, sólo aprendí que un imbécil es rentable hasta que abre los ojos. Mis conocimientos nunca fueron valorados lo suficiente. Debería agradecer la oportunidad brindada, pero no existe tal cosa. La oportunidad la tuvieron ustedes, que encontraron a un necesitado y se aprovecharon. Así colaboran con el decadente mercado laboral, con los negocios.
No tuve privilegios de nada, como debe ser, no le sonreía al jefe porque no encontré razones para hacerlo. Yo llegaba a laborar, no a lambiscar.
Conocí buenos colegas que, nuevos como yo, pasaron situaciones incómodas innecesarias por alimentar la absurda tradición. Pero a ustedes no los necesito más.
Con estas palabras doy por terminado mi contrato. Esta es mi carta de renuncia irrevocable. 

jueves, 27 de diciembre de 2012

Los días en Morazán - I

A finales del 2010 tomé mi maleta, eché un par de jeans y camisetas, y emprendí mi viaje -en bus- a Morazán. Hacía por lo menos incontables años de mi última visita al cantón de origen de mi madre. Había pasado tanto tiempo que dudé si el pueblo seguía existiendo, si aquella casa olor a adobe fraguado seguía de pie con la mirada perdida hacia la plaza central, si la iglesia donde se veneraba a (San) Antonio de Padua no había sido quemada por algún subversivo con secuelas del conflicto armado, si "el palo de morros" en cuya raíces me tropecé cuando niño no había dado uno o dos pasos para adelante curioso por ver más allá del cerro, el mismo cerro donde alguna de mis múltiples infancias aún recorría entre risas burlonas eternas y solemnes tardes con la ropa ensuciada de cualquier cosa pueril y campestre. Pensé en el río que pasa atrás de la casa que atestiguó la venida al mundo de mis tíos, el río que se hacía dos y luego tres y posiblemente cuatro, pero nunca llegamos tan abajo. Imaginé el puente de entrada al pueblo, la calle de piedras de río donde el trote de caballos, ganado y burros hacían adagios con do menor terminando de romper el silencio que la noche tanto guardó y que las aves de corral desvirgaron. Pensé en los señores de edad que siempre saludaban y sonreían sin prejuiciar la personalidad. "Usted es hijo de M..." me decían, y yo asentía viéndome los zapatos: unos tenis blancos. Oh, los viejos, ya estarán más viejos, me decía a mí mismo mientras acomodaba mi maleta y me daba cuenta que había olvidado la máquina de afeitar (tarde, como siempre, el bus interdepartamental ya había partido conmigo dentro).

La televisión nauseabunda, compañero de asiento indeleble a la mudez, movimiento del bus insoportable como para sacar mi copia de El Estudiante de Salamanca, demasiada intensidad solar para dibujar, en el sitio incorrecto para ligar (¿a qué iba a Morazán?)... ya voy a llegar, sólo son 3 horas y media.

El bus se incorporó al desvío, yo ya llevaba mis naranjas adquiridas en las ventas ambulantes. Todo empezó a oler diferente. Yo también.

Nocturnos vientos de invierno me recibieron, melancólicos, fríos y angustiados. La plaza central, de tierra siempre, vertida en un polvo paciente y piedras envejecidas, saludaron al conductor. Al instante, en el bus gritaron el nombre del pueblo, por lo que di un brinco espasmódico y bajé saltando un canasto y dos gallinas de sus patas atadas. El bus se alejó, siguiendo la ruta de la frontera, aunque yo sentí que se elevó y flotó entre la breve niebla hacia las estrellas. Tenía hambre, de las naranjas sólo sus cascarás quedaron.
Era yo y mi maleta, yo y mis zapatillas negras, yo y mi barba de chivo, yo y las estrellas.
El olor intenso a vegetación, a humedad, a pólvora ochentera, a pies descalzos y a cuadrúpedo guió mi camino. Estaba a un par de pasos de la casa donde me esperaban sin esperarme. No dudé, ni un segundo, que al verme me reconocerían, un tío, un primo o por lo menos uno de mis viejos. Esa era mi garantía, puesto que yo no me acordaba siquiera de mí mismo. Un foco de 40W, único en todo el pasillo exterior de la casa, vislumbró mi perfil. El corredor estaba cansado, abstraído pensando en otros tiempos. Supe que el corredor también envejecía cruelmente. Miré en detalle las puertas, los marcos, las tejas del recibidor, los pilares de madera, algunas manchas y marcas... cuánta tristeza, cuánta nostalgia acumulada explotaba en mi presencia en un absoluto silencio que sólo las almas más atormentadas podían descifrar. Sabía que el dolor de los recuerdos sería el primero en atenderme, sin embargo el dolor se alegraba de verme.
Un gato salió de la puerta del fondo y se paseó frente a mí. Nunca había prestado tanta atención al sonido que emiten las pisadas de un gato. Era un silencio de cueva, salvo uno que otro viento encaramado en láminas de aluminio lejanas. Después de unos segundos, detrás del gato, un hombre alto y robusto, barbado y triste, muy triste: un espanta-gatos, sonrió al verme y en seguida un protocolo improvisado de bienvenida familiar se inició. En efecto, fui reconocido.

La cena más exquisita en incontables años. Una fraternidad legendaria me abrazaba. Una brisa sabor a guayaba y pasto fresco me cosquilleaba la memoria, me invitaba a echar un vistazo al patio, a perseguir gallinas sin atraparlas, a ensuciarme la ropa en el pequeño granero y espantar las sombras de la noche; pero aún me quedaba media tortilla y me sobraba edad.
Conocí al resto de la familia, nuevos primos, sobrinos y mascotas. Conocí, también, mi cama. 

miércoles, 31 de octubre de 2012

Carcañal de mamífero (o el Talón de Aquiles de un Homo sapiens)

De repente se dio cuenta que tenía una deuda histórica con la literatura. De repente todos sus barcos, con destinos indefinidos y dispersos en los siete mares, tomaron conciencia que estaban lejos uno del otro y que estaban dispersos en los siete mares. De repente notó que dormía de noche y no de día, sin saber un porqué válido. De repente perdió el significado del nudo de su corbata; vio a el espejo como un enemigo de la estética, un duplicado, un espacio ilusorio donde nada se podía cambiar; tomó el cepillo de dientes y supo que no había diferencia entre un cepillo y otro, sólo marketing. De repente sabía la diferencia exacta entre mentira y verdad. De repente entendió que sólo era un animal pensante, un conjunto de materia conciente de sí mismo, que los átomos que lo componían estaban adyacentes por una fuerza fundamental mas no unidos, que el Bosón de Higgs estaba presente incluso en cada neurona que lo había hecho despertar. De repente supo que la música que tanto amaba eran sólo golpes de aire que sus sensibles tímpanos recibían y su cerebro codificaba y su cultura interpretaba; que el Blues era igual al Flamenco; que no había diferencia objetiva entre Mozart y un gato caminando por las teclas de un piano. A su vez comprendió que su cultura era una copia de costumbres alejadas del salvajismo primitivo, adaptado y adoptado de un salvajismo moderno: era un salvaje domesticado. Percibió, por fin, que los olores era información valiosa para supervivir en un mundo repleto de feromonas, químicas del miedo, desechos peligrosos y hasta del calor. De repente tomó conciencia que tenía un corazón (esto fue muy importante), un hígado y un bazo, entre otros órganos. De repente conocía el significado de tener uñas, bello corporal, dedos, rodillas, sexo, pezones, lunares, camanances... y recorrió su cuerpo de regreso: orejas, cuello, codos, ombligo, ano, carcañales de mamífero. De repente lo vio todo... todo lo que era —¿humanamente?— concebible a través del Udyat: parecía haber comido el fruto prohibido de un segundo Edén; parecía haber abierto una segunda Caja de Pandora; parecía haber superado la Lux Mortis; parecía haber domado a Sleipnir; parecía haber sacrificado al gran Nu Balam Chak.

Pero tenía una deuda histórica con la literatura. Y al decirse esto también sabía lo peor: la deuda se empeñaba con su conciencia hacia el arte. Tenía un minuto cuarenta segundos de haber cumplido 30 años de edad (¿de vida?) y no sabía nada de Arthur Rimbaud; desconocía a Yukio Mishima; le sonaba de algún lado Frida Kahlo, nada más; que Donatello realmente tenía que ser más que una tortuga come pizzas entrenada por una rata inmunda; ni puta idea de quién era Rembrandt, pero sí que de Holanda eran los tulipanes; migraba mentalmente hacia Alemania en busca de un tal Ulrich Beck, pero sin entender cómo es que se le venía a la mente ese nombre; se arriesgó en recordar del futuro incipiente
—dejavú invertido— a Goya, pero no era más que consecuencias de ir a gorronear vino medianamente añejo a exposiciones de arte políticamente preparadas por burgueses que desconocían el viajar en un medio de transporte colectivo y que a fin de cuentas constituía compartir el pasatiempos de esposas de empresarios que alternaban con las telenovelas y revistas del corazón, o en su defecto amantes de la estética ordinaria (la que se consigue fácil con dinero) pero no amantes de la enfermedad llamada arte. Quiso saber por qué vocalizaba como espasmo sonoro "Morelli", "Sagatara", "Zaratustra", "Melquíades", "Dupin", "Fausto", otros nombres eslavos, latinos, griegos, que mal pronunciaba porque estaba acostumbrado a hablar siempre y cuando se le dibujara la palabra en la mente, pero no obtenía respuesta alguna (otra vez el dejavú invertido).
Se avergonzó de sólo conocer a Eduardo Galeano, Vargas Llosa, Confucio, Kant, Schopenhauer, Bertrand Russell, Van Gogh, Dalí, da Vinci, Alejandro Dumas, Homero, entre otros famosos de salón de colegio y universidad; su vergüenza proseguía al conocer apenas dos movimientos de Rachmaninov y de saberse de memoria tarareada la novena sinfonía de Beethoven, aprendida cuando se creía libre, pero ni una sóla nota de Tchaikovsky, mucho menos las doce de Schoenberg; de conocer 22 bandas del NWOBHM pero de ignorar que el punk inició en Perú a mediados de los sesenta con Los Saicos... pero algo le decía que esto último no era arte, y su conciencia de La Nada se tranquilizaba en una tasa de 6.626x10^-34, lo cual era significativo para su nuevo despertar.

Udyat o El Ojo de Horus.

Volvió al plano físico y un rayo de alba le quemaba la retina. Esto le disparó un poco más la conciencia: supo que la resolución de su vista debía ser de unos 200 ó 300 Megapixeles, que más que una decisión, era su daltonismo lo que le había llevado a tomar como hobby la música y no la pintura (como si estos no tuvieran la robustez de ser artes que toman al ser humano como hobby y no al revés). Se enteró que las pisadas agudas que se escuchan en el techo de su pieza son aves hambrientas picoteando sobre insectos y no machos cabríos bailando folclóricamente creados en la noche de Halloween (ya lo sabía, pero le divertía la teoría).
Se enteró y adquirió conciencia de cien mil cosas más, más crudas y hermosas, más absurdas y tediosas; respuestas a un océano azul marino cuando desde hace tres décadas sólo preguntaba cosas de piscina con azulejos azul piscina.

—¿Y si aprendo a tocar violín?—  Se preguntó a sí mismo.  —¿Cuánto costaba el bastidor que vi la última vez, los lienzos, los pinceles de pelo de camello?—  Imaginaba los hedores de camello de un óleo del Capitán Napoleón Bonaparte cabalgando (¿camellando?) en Egipto.  —¿Y si voy a la Biblioteca Nacional por primera vez y busco a los poetas malditos, uno a uno hasta que duela el cerebro? ... ¡Já! El cerebro no tiene terminales nerviosas... no me puede doler... pero por si acaso prestaré un libro de principios de neurología.—  Balbuseaba.  —Creo que prestaré todos los libros. Total, la gente de mi ciudad no lee. La gente de mi país no lee. La gente de mi raza no lee. ¿De qué raza soy? ¿Querré decir "subespecie"?—  Y el nirvana era inminente.  —¡A tomar por culo!—  Gritó por enésima vez en su vida (¿en su edad?).  —Un jaloncito más a esta chustilla y doy por celebrados mis treinta.—

Durmió durante horas. Despertó. Era lunes de mañana. Se cepilló los dientes con su costoso cepillo, buscó la camisa planchada, los zapatos con cintas, la corbata del lunes; se vio al espejo y su tercer ojo desconectado del cerebro percibió a un ser humano dirigiendo barcos hacia los siete mares ilusorios que el monocristalino le proponía. Salió de casa dando el portazo habitual de quien vive solo y no tiene quien le recuerde cuidar el inmueble, y se fue a laborar doce horas. Al regresar hizo café, se aflojó la corbata, prendió la televisión. Se fue quedando dormido en el sofá. Cuando despertó tenía cuarenta años, sus barcos hundidos y dudaba si las pisadas en el techo de su pieza eran aves picoteando insectos.  —Esos son centaurines.—  Dijo.