sábado, 31 de marzo de 2018

Suicidiario

Encontré a mi mejor amigo muerto en la sala de su casa. Una hoja pegada al suelo únicamente decía: "no puedo escribir". Era una de esas tardes magníficas, donde el viento fluye en silencio y el gris del cielo es lo más vívido en toda la atmósfera. De esos días entre verano e invierno de un país del trópico que ha perdido el respeto entre épocas, donde lo más acertado es salir de casa, o de donde se esté, y mantener la marcha a pie sin rumbo, sin importar dónde se vaya porque uno sabe que nunca llegará aun conociendo todos los caminos.
Pero yo estaba ahí, en su sala, leyendo repetidas veces su última oración escrita con su puño. Encerrado en una casa proletaria con adornos de revista de almacén. Paredes de bloque de concreto con repello de oficina, sillones que descuadraban la escala arquitectónica pero que lucía bien para ojos ordinarios. Un chillido de un ventilador de aspas de madera con luminarias, con un foco quemado, era el réquiem ofrecido al recién partido.
No tronaba, no relampagueaba. Todos los destellos eran internos.
La hoja era ilegible a los minutos: se tornó roja. Al fluido espeso no le bastaba la hoja. Se deslizaba alcanzando la punta de mis zapatos. Las paredes salpicadas, los muebles marcados por pequeños círculos. El ventilador perenne en su chillar.
Estaba muerto. Aunque ya lo hacía desde un par de años atrás, cuando dejó de escribir. No podría juzgar a quien materializa los actos irremediables.

domingo, 18 de febrero de 2018

El vendedor de nulidad o el misántropo del autobús de madrugada

No ha pasado el tiempo suficiente desde aquella vez que en las calles sucias y hediondas de San Salvador, ciudad tributo a Le Paris que Süskind describió en Das Parfum, die Geschichte eines Mörders, viajaba yo absorbido en reflexiones cannábicas en un artefacto móvil en todo sentido incluidas sus latas y ventanas (la ruta maldita, la ruta 1), donde encontré a un sujeto inútil y vago con ánimos inusuales. Un vendedor de nulidad (ver El misántropo del autobús).

Desde ese acontecimiento los días transcurridos pueden ser contados por centenas. Aunque no he hablado de días, sino de tiempo. Pues los días pasan rápido, fácil; pero el tiempo siempre es lento, agobiante y dominante. Pero ya habrá tiempo para hablar del tiempo; y siempre sobrarán días para hablar de los días.

Pasada la medianoche, me encontraba reflexionando de nuevo, esta vez de cosas nuevas pero siempre inmorales, no menos que lunáticas, o debo decir: solares. ¿El Sol está más lejos, cierto? Siempre debe hablarse de luz y no de sombras, aunque se viva y se goce en ellas. La práctica dicta arbitrariedades. No importa si es de día o de noche; a la Luna siempre se le debe apartar para permitirse uno ver el infinito estrellado: incontables soles que emigraron de polvos estelares locales hacia galaxias indelebles y se hicieron grandes, se hicieron estrellas. Las galaxias son análogas a los países. Tienen su forma, sus lugares, sus colores, olores y desgracias, también sus habitantes, a diferencia que en lejanas galaxias la estupidez no gobierna (sujeto a corroboración).
Estaba reflexionando cosas nuevas y no lo que acabo de balbucear. Estaba reflexionando sobre máquinas, sobre sistemas automatizados, sobre ondas electromagnéticas y todo lo que tenga que ver con vida eléctrica. Estaba intentando entender cómo funciona un teléfono celular. Cómo era eso de marcar un número y que la voz viva de alguien saliera de un pedazo de plástico y metal. Las cosas vueltas triviales son las más difíciles de comprender.

Volviendo al inútil y a los recientes días más apocalípticos que nunca, me enteré que el misántropo que alguna vez vi en un autobús de una tarde crepuscular pasó de ser un orador autómata a un autómata rezador de madrugada. Esta vez vi que nació a la vuelta de la esquina, al menos esa noche, y se acercó a mí con lo que a primera impresión eran crucifijos.
Yo estaba sentado a la luz de una lámpara, sobre una calle demasiado recordada por cualquier capitalino, acudido visualmente por futuros borrachos, música de fondo pero ajena y olor a restaurante de comida rápida. Las putas estaban a dos calles abajo. Lo único rescatable en ese paripé de destrucción eran mis pensamientos y la llamada perdida en mi celular de una persona de la que suelo olvidar el nombre. Considero esa llamada perdida como chispa de ignición a delirantes manifestaciones neuronales que casi se escuchaban fuera de mi cráneo.
Más tarde, 10 segundos después (el tiempo es relativo), confirmé que el rostro del misántropo que ardió en aquel colectivo tiempo atrás estaba consumado, como en standby. Era la 1:XX a.m., hora tierna para esperar misántropos con crucifijos. Pero yo no soy de los que esperan y menos cuando se trata de personas con crucifijos. Rápidamente giré mi mirada hacia mi menester, hacia mis textos casi decodificados: señales, ondas, radiación; las reflexiones de cosas nuevas, y juré en silencio renunciar a cualquier interacción verbal, salvo conmigo mismo.

-Compases, compases- dijo, con una voz de congénere, lo que hizo prestar mis ojos a sus piezas y examinar aquellas barritas de plástico con terminación aguda separadas por un eje que se confundía con la corona de espinas del famoso nazareno. Mi hipótesis fue rebatida.
-No gracias- Fue lo único que dije, faltando a mi voto de silencio.

domingo, 4 de febrero de 2018

PROGNOSIS NEGATIVA: La Enfermedad de los Sueños

Pastillas. Todo era pastillas: comprimidos, tabletas, cápsulas, píldoras. Todo vía oral: antibióticos, anti-inflamatorios, anti-histamínicos, analgésicos. Yacían amontonadas las tiras esqueléticas depositadas en mi gaveta como cadáveres plásticos en fosa común.
Solía despertar de madrugada y arrojar mi brazo hacia la gaveta, sin ni siquiera abrir los ojos, casi inconsciente, y cogía aleatoriamente cualquier medicamento. Me tragaba dos o tres pastillas de golpe, a veces combinadas con bebida gaseosa o el líquido que en mis pocos momentos de sobriedad hubiera puesto sobre la repisa. Amanecía estallado de alucinaciones, con extremos dolores en la espalda baja, con las articulaciones oxidadas; en ocasiones permanecía despierto en cama varias horas mientras mis piernas recobraban sensibilidad. Para apresurar esto bastaba tomar una tira completa de Metocarbamol.
Solía utilizar un mortero para mis macedonias de fármacos, aunque también era mi vida misma la que se hacía polvo en aquel utensilio.

Mi único testigo de este suplicio placentero fue Van Gogh, quien a través del tiempo asustado veía desde la esquina más oscura de mi habitación atrapado en una réplica de autoretrato sin terminar. Era un Van Gogh cíclope que pocas veces habló.

¿Por qué lo hacía? Todavía me lo pregunto. ¿Estaría vivo aún? No lo creo.

Nunca probé la marihuana, ni la coca en cualquier derivación. Jamás tomé ácido alguno, ni hachís, araña, éxtasis; al menos no de manera directa. Todo empezó con el placer de dormir. Siempre dormí mucho, pero nunca lo había hecho por placer. Llegué a alcanzar estados catalépticos propio de los moribundos del siglo XIX. Llegué a valorar más una tarde onírica que orgasmos con la mujer que más amaba. Luego el sueño era una enfermedad, era un sueño sin sueños, sin súcubus ni sonidos celestiales. Era, más que sueño, un coma mórbido.

Comencé a dormir en extremo un invierno del 89, cuando en la radio gritaban la caída de El Muro de Berlín y que las Alemanias se unirían. Yo era apenas bachiller pero con mucha ideología soviética en mi joven corazón. Era suficiente en la pequeña América para salir adelante. Aquella caída simbólica de un bloque de menos de un metro cúbico de concreto era sin duda la señal que el mundo cambiaría. Un mundo cambia cuando la política cambia, pero un cambio en la política a su vez es un reflejo de la desesperación de un grupo significativo de personas sin importar su clase.
Más tarde comprendería que en Berlín cayó más que un muro e ideales, se cayó el futuro, incluido yo.


¿Dónde estoy ahora? Yo permanezco atado a una cama. Estoy en la UCI, sufriendo mi última diálisis. Los médicos de este mugroso hospital me extirparon el bazo sin mi consentimiento, mi hígado está al 30%, taquicardias improntas y mis glóbulos blancos por los suelos. Aún tengo mis dos riñones, aunque inservibles. Me quedan menos de 24 horas. La habitación está obscura, la máquina no para de pillar, no siento mis piernas, no tengo mis pastillas. Ni siquiera sé si mi dispositivo portátil está grabando. Si usted está oyendo esto, por favor hágaselo saber a mis hermanos comunistas.

viernes, 19 de enero de 2018

Annabel Lee

Hace muchos muchos años en un reino junto al mar
habitó una señorita cuyo nombre era Annabel Lee
y crecía aquella flor sin pensar en nada más
que en amar y ser amada, ser amada por mí.

Éramos sólo dos niños mas tan grande nuestro amor
que los ángeles del cielo nos cogieron envidia,
pues no eran tan felices ni siquiera la mitad,
como todo el mundo sabe, en aquel reino junto al mar.

Por eso un viento partió de una oscura nube aquella noche
para helar el corazón de la hermosa Annabel Lee.
Luego vino a llevársela su noble parentela
para enterrarla en un sepulcro en aquel reino junto al mar.

Nuestro amor era más fuerte que el amor de los mayores
que saben más como dicen de la historia de la vida.
Ni los ángeles del cielo ni los demonios del mar
separarán jamás mi alma del alma de Annabel Lee.

No luce la luna sin traérmela en sueños
ni brilla una estrella sin que vea sus ojos
y así paso la noche acostado con ella,
mi querida hermosa, mi vida, mi novia.

En aquel sepulcro junto al mar,
en su tumba junto al mar ruidoso…

Edgar Allan Poe.
Traducción de Santiago y Luis Auserón, La Canción de Juan Perro, 1987.

viernes, 12 de enero de 2018

Epígrafe para un Blog Condenado (Segunda introducción al blog)

Lector apacible y bucólico, sobrio e inocente ser de bien,
sal de este blog saturniano, orgiástico y melancólico.

Si no has estudiado tu retórica con Satán, el astuto decano, ¡Sal del blog!
No comprenderás nada de él, o me creerás histérico.

Pero si, sin dejarte hechizar, tu pupila sabe sumergirse en los abismos,
léeme, y sabrás amarme;

Alma curiosa que sufres y andas en busca de tu paraíso
¡compadéceme! Sino, ¡yo te maldigo! 

Epígrafe para un Libro Condenado - Las Flores del Mal - Charles Baudelaire (adaptado con gran pesar a este blog).