sábado, 27 de agosto de 2011

El misántropo del autobús

No eran ni las siete de la noche.

Meditaba yo sobre el desplazamiento relativo del sol y del porqué aun oculto su luz se sigue propagando negándose al ocaso. ¿Acaso teme el sol cada instante el perder su presencia sobre aquello por lo cual existe? ¿por qué entonces se larga? ¿o es la tierra quien se resiente y le da la espalda durante doce horas?

En estas reflexiones -sin café- me encontraba embebido mientras viajaba en el bus de la ruta 1, o al menos mi cuerpo recorría las calles del centro de San Salvador mientras mi mente volaba entre filosofías absurdas, cuando repentinamente mi meditación astronómica de bajo nivel se interrumpió por la voz grotesca de una entidad inclasificable.
Quizá mi cerebelo aún funcione, pues presa de la alerta auditiva fuí obligado a abandonar mis recientes postulados y a re-aceptar los conceptos preconcebidos sobre nuestro sistema planetario. Por instinto mi mente y cuerpo se intersectaron sobre un asiento roto. Fruto de este renacer, tan acostumbrado en mis días de soledad, empecé a sospechar que el dueño de la voz gutural era un ser humano; o quizá sólo humano, pero algo análogo a la existencia que permite calificar como congénere.

Fueron suficientes diez segundos para corroborar mi hipótesis: era un humano, que como muchos, suelen abordar un bus público a ofrecer productos o servicios, y que además, deben hacerlo con el nivel de hipocresía necesario para no delatarse como interesados; caso contrario a mi ejercicio, donde la expresión que comúnmente hago como usuario del transporte público al abordar es no dirigir la mirada al motorista y mucho menos saludarle. El nivel de hipocresía es proporcional a la necesidad.

Al subirse se dirigió al público. Tal vez dijo su nombre, pero eso y muchas cosas tienen poca importancia ahora. Vocalizó palabras raras, creo que era un testimonio. Sí, eso era, un testimonio. Empezó de un modo genérico, digno a ser ignorado. Su pasado miserable, sus tragedias de vida, su repulsión a los policías, su amor a nada. Apestaba, pero su tufo no era olfativo.
Se quejó como todos, pero en voz alta como pocos (por cierto hablar por escrito es hablar en voz alta también, siempre y cuando el lector sienta ensordecer sus ojos).

El miserable o congénere o sólo humano se tomó la molestia de predicar, sin saberlo, una filosofía (inaceptada) misantrópica. Arrojó sobre una masa de gente todos sus rencores hacia la vida. Pero para ser reconocida como misantropía alcanzó a cumplir una característica: "soy nulo y no sé por qué existo". Lo dijo apasionado, sincero y acorde a la sensacional historia resumida de su sub-interesante vida.

Mi memoria me solicita agregar que el miserable logró anunciar algún tipo de terrorismo fantasma. Aseguró tomar venganza sobre los policías, quienes hacía un rato lo habían golpeado
-y no sólo ese día- a tal grado de lesionarlo. Una actividad -según él- repetitiva, el número de veces suficiente para crear un auténtico rechazo a estos encargados de seguridad. De no haberle creído pues terminaría tomándolo como antipropaganda institucional simplemente.

Pero tomando la premisa del manual del misántropo publicado por Tu Obra de la UNAM, este era un "misántropo activista". El primero de su especie que conozco. Era un loco callejero, absorbido por una frustante vida, pero lo peor: consciente de ello. La consciencia es parte del camino hacia la realidad, no sé en qué parte del camino, seguro estoy que no está al final.

Su discurso longevo (al menos cuatro paradas de buses sin contar los atascos por semáforos y circulación colapsada de las calles del centro), tuvo algún tipo de lección en mi ser. No compartiré la lección pues descifraría mucho sobre mí, y es demasiado pronto para ser conocido en este blog.

Terminó de hablar, pero no terminó su discurso. O quizá continúa meditando y tendré que esperar una prolongación de sus razonamientos en un futuro insospechado. Insospechado, digo, porque difícilmente volveré a subirme en una ruta 1.
Ofreció un producto de bajo precio. Luego guardó silencio. Salió de la unidad de transporte cuando el sol se había espantado por completo, y cojeó hacia el este.
Quizá, pienso, por instinto el misántropo del autobús va hacia el este intentando buscar tempranamente la salida del sol, una oportunidad de nueva luz.