jueves, 27 de diciembre de 2012

Los días en Morazán - I

A finales del 2010 tomé mi maleta, eché un par de jeans y camisetas, y emprendí mi viaje -en bus- a Morazán. Hacía por lo menos incontables años de mi última visita al cantón de origen de mi madre. Había pasado tanto tiempo que dudé si el pueblo seguía existiendo, si aquella casa olor a adobe fraguado seguía de pie con la mirada perdida hacia la plaza central, si la iglesia donde se veneraba a (San) Antonio de Padua no había sido quemada por algún subversivo con secuelas del conflicto armado, si "el palo de morros" en cuya raíces me tropecé cuando niño no había dado uno o dos pasos para adelante curioso por ver más allá del cerro, el mismo cerro donde alguna de mis múltiples infancias aún recorría entre risas burlonas eternas y solemnes tardes con la ropa ensuciada de cualquier cosa pueril y campestre. Pensé en el río que pasa atrás de la casa que atestiguó la venida al mundo de mis tíos, el río que se hacía dos y luego tres y posiblemente cuatro, pero nunca llegamos tan abajo. Imaginé el puente de entrada al pueblo, la calle de piedras de río donde el trote de caballos, ganado y burros hacían adagios con do menor terminando de romper el silencio que la noche tanto guardó y que las aves de corral desvirgaron. Pensé en los señores de edad que siempre saludaban y sonreían sin prejuiciar la personalidad. "Usted es hijo de M..." me decían, y yo asentía viéndome los zapatos: unos tenis blancos. Oh, los viejos, ya estarán más viejos, me decía a mí mismo mientras acomodaba mi maleta y me daba cuenta que había olvidado la máquina de afeitar (tarde, como siempre, el bus interdepartamental ya había partido conmigo dentro).

La televisión nauseabunda, compañero de asiento indeleble a la mudez, movimiento del bus insoportable como para sacar mi copia de El Estudiante de Salamanca, demasiada intensidad solar para dibujar, en el sitio incorrecto para ligar (¿a qué iba a Morazán?)... ya voy a llegar, sólo son 3 horas y media.

El bus se incorporó al desvío, yo ya llevaba mis naranjas adquiridas en las ventas ambulantes. Todo empezó a oler diferente. Yo también.

Nocturnos vientos de invierno me recibieron, melancólicos, fríos y angustiados. La plaza central, de tierra siempre, vertida en un polvo paciente y piedras envejecidas, saludaron al conductor. Al instante, en el bus gritaron el nombre del pueblo, por lo que di un brinco espasmódico y bajé saltando un canasto y dos gallinas de sus patas atadas. El bus se alejó, siguiendo la ruta de la frontera, aunque yo sentí que se elevó y flotó entre la breve niebla hacia las estrellas. Tenía hambre, de las naranjas sólo sus cascarás quedaron.
Era yo y mi maleta, yo y mis zapatillas negras, yo y mi barba de chivo, yo y las estrellas.
El olor intenso a vegetación, a humedad, a pólvora ochentera, a pies descalzos y a cuadrúpedo guió mi camino. Estaba a un par de pasos de la casa donde me esperaban sin esperarme. No dudé, ni un segundo, que al verme me reconocerían, un tío, un primo o por lo menos uno de mis viejos. Esa era mi garantía, puesto que yo no me acordaba siquiera de mí mismo. Un foco de 40W, único en todo el pasillo exterior de la casa, vislumbró mi perfil. El corredor estaba cansado, abstraído pensando en otros tiempos. Supe que el corredor también envejecía cruelmente. Miré en detalle las puertas, los marcos, las tejas del recibidor, los pilares de madera, algunas manchas y marcas... cuánta tristeza, cuánta nostalgia acumulada explotaba en mi presencia en un absoluto silencio que sólo las almas más atormentadas podían descifrar. Sabía que el dolor de los recuerdos sería el primero en atenderme, sin embargo el dolor se alegraba de verme.
Un gato salió de la puerta del fondo y se paseó frente a mí. Nunca había prestado tanta atención al sonido que emiten las pisadas de un gato. Era un silencio de cueva, salvo uno que otro viento encaramado en láminas de aluminio lejanas. Después de unos segundos, detrás del gato, un hombre alto y robusto, barbado y triste, muy triste: un espanta-gatos, sonrió al verme y en seguida un protocolo improvisado de bienvenida familiar se inició. En efecto, fui reconocido.

La cena más exquisita en incontables años. Una fraternidad legendaria me abrazaba. Una brisa sabor a guayaba y pasto fresco me cosquilleaba la memoria, me invitaba a echar un vistazo al patio, a perseguir gallinas sin atraparlas, a ensuciarme la ropa en el pequeño granero y espantar las sombras de la noche; pero aún me quedaba media tortilla y me sobraba edad.
Conocí al resto de la familia, nuevos primos, sobrinos y mascotas. Conocí, también, mi cama. 

miércoles, 31 de octubre de 2012

Carcañal de mamífero (o el Talón de Aquiles de un Homo sapiens)

De repente se dio cuenta que tenía una deuda histórica con la literatura. De repente todos sus barcos, con destinos indefinidos y dispersos en los siete mares, tomaron conciencia que estaban lejos uno del otro y que estaban dispersos en los siete mares. De repente notó que dormía de noche y no de día, sin saber un porqué válido. De repente perdió el significado del nudo de su corbata; vio a el espejo como un enemigo de la estética, un duplicado, un espacio ilusorio donde nada se podía cambiar; tomó el cepillo de dientes y supo que no había diferencia entre un cepillo y otro, sólo marketing. De repente sabía la diferencia exacta entre mentira y verdad. De repente entendió que sólo era un animal pensante, un conjunto de materia conciente de sí mismo, que los átomos que lo componían estaban adyacentes por una fuerza fundamental mas no unidos, que el Bosón de Higgs estaba presente incluso en cada neurona que lo había hecho despertar. De repente supo que la música que tanto amaba eran sólo golpes de aire que sus sensibles tímpanos recibían y su cerebro codificaba y su cultura interpretaba; que el Blues era igual al Flamenco; que no había diferencia objetiva entre Mozart y un gato caminando por las teclas de un piano. A su vez comprendió que su cultura era una copia de costumbres alejadas del salvajismo primitivo, adaptado y adoptado de un salvajismo moderno: era un salvaje domesticado. Percibió, por fin, que los olores era información valiosa para supervivir en un mundo repleto de feromonas, químicas del miedo, desechos peligrosos y hasta del calor. De repente tomó conciencia que tenía un corazón (esto fue muy importante), un hígado y un bazo, entre otros órganos. De repente conocía el significado de tener uñas, bello corporal, dedos, rodillas, sexo, pezones, lunares, camanances... y recorrió su cuerpo de regreso: orejas, cuello, codos, ombligo, ano, carcañales de mamífero. De repente lo vio todo... todo lo que era —¿humanamente?— concebible a través del Udyat: parecía haber comido el fruto prohibido de un segundo Edén; parecía haber abierto una segunda Caja de Pandora; parecía haber superado la Lux Mortis; parecía haber domado a Sleipnir; parecía haber sacrificado al gran Nu Balam Chak.

Pero tenía una deuda histórica con la literatura. Y al decirse esto también sabía lo peor: la deuda se empeñaba con su conciencia hacia el arte. Tenía un minuto cuarenta segundos de haber cumplido 30 años de edad (¿de vida?) y no sabía nada de Arthur Rimbaud; desconocía a Yukio Mishima; le sonaba de algún lado Frida Kahlo, nada más; que Donatello realmente tenía que ser más que una tortuga come pizzas entrenada por una rata inmunda; ni puta idea de quién era Rembrandt, pero sí que de Holanda eran los tulipanes; migraba mentalmente hacia Alemania en busca de un tal Ulrich Beck, pero sin entender cómo es que se le venía a la mente ese nombre; se arriesgó en recordar del futuro incipiente
—dejavú invertido— a Goya, pero no era más que consecuencias de ir a gorronear vino medianamente añejo a exposiciones de arte políticamente preparadas por burgueses que desconocían el viajar en un medio de transporte colectivo y que a fin de cuentas constituía compartir el pasatiempos de esposas de empresarios que alternaban con las telenovelas y revistas del corazón, o en su defecto amantes de la estética ordinaria (la que se consigue fácil con dinero) pero no amantes de la enfermedad llamada arte. Quiso saber por qué vocalizaba como espasmo sonoro "Morelli", "Sagatara", "Zaratustra", "Melquíades", "Dupin", "Fausto", otros nombres eslavos, latinos, griegos, que mal pronunciaba porque estaba acostumbrado a hablar siempre y cuando se le dibujara la palabra en la mente, pero no obtenía respuesta alguna (otra vez el dejavú invertido).
Se avergonzó de sólo conocer a Eduardo Galeano, Vargas Llosa, Confucio, Kant, Schopenhauer, Bertrand Russell, Van Gogh, Dalí, da Vinci, Alejandro Dumas, Homero, entre otros famosos de salón de colegio y universidad; su vergüenza proseguía al conocer apenas dos movimientos de Rachmaninov y de saberse de memoria tarareada la novena sinfonía de Beethoven, aprendida cuando se creía libre, pero ni una sóla nota de Tchaikovsky, mucho menos las doce de Schoenberg; de conocer 22 bandas del NWOBHM pero de ignorar que el punk inició en Perú a mediados de los sesenta con Los Saicos... pero algo le decía que esto último no era arte, y su conciencia de La Nada se tranquilizaba en una tasa de 6.626x10^-34, lo cual era significativo para su nuevo despertar.

Udyat o El Ojo de Horus.

Volvió al plano físico y un rayo de alba le quemaba la retina. Esto le disparó un poco más la conciencia: supo que la resolución de su vista debía ser de unos 200 ó 300 Megapixeles, que más que una decisión, era su daltonismo lo que le había llevado a tomar como hobby la música y no la pintura (como si estos no tuvieran la robustez de ser artes que toman al ser humano como hobby y no al revés). Se enteró que las pisadas agudas que se escuchan en el techo de su pieza son aves hambrientas picoteando sobre insectos y no machos cabríos bailando folclóricamente creados en la noche de Halloween (ya lo sabía, pero le divertía la teoría).
Se enteró y adquirió conciencia de cien mil cosas más, más crudas y hermosas, más absurdas y tediosas; respuestas a un océano azul marino cuando desde hace tres décadas sólo preguntaba cosas de piscina con azulejos azul piscina.

—¿Y si aprendo a tocar violín?—  Se preguntó a sí mismo.  —¿Cuánto costaba el bastidor que vi la última vez, los lienzos, los pinceles de pelo de camello?—  Imaginaba los hedores de camello de un óleo del Capitán Napoleón Bonaparte cabalgando (¿camellando?) en Egipto.  —¿Y si voy a la Biblioteca Nacional por primera vez y busco a los poetas malditos, uno a uno hasta que duela el cerebro? ... ¡Já! El cerebro no tiene terminales nerviosas... no me puede doler... pero por si acaso prestaré un libro de principios de neurología.—  Balbuseaba.  —Creo que prestaré todos los libros. Total, la gente de mi ciudad no lee. La gente de mi país no lee. La gente de mi raza no lee. ¿De qué raza soy? ¿Querré decir "subespecie"?—  Y el nirvana era inminente.  —¡A tomar por culo!—  Gritó por enésima vez en su vida (¿en su edad?).  —Un jaloncito más a esta chustilla y doy por celebrados mis treinta.—

Durmió durante horas. Despertó. Era lunes de mañana. Se cepilló los dientes con su costoso cepillo, buscó la camisa planchada, los zapatos con cintas, la corbata del lunes; se vio al espejo y su tercer ojo desconectado del cerebro percibió a un ser humano dirigiendo barcos hacia los siete mares ilusorios que el monocristalino le proponía. Salió de casa dando el portazo habitual de quien vive solo y no tiene quien le recuerde cuidar el inmueble, y se fue a laborar doce horas. Al regresar hizo café, se aflojó la corbata, prendió la televisión. Se fue quedando dormido en el sofá. Cuando despertó tenía cuarenta años, sus barcos hundidos y dudaba si las pisadas en el techo de su pieza eran aves picoteando insectos.  —Esos son centaurines.—  Dijo.


jueves, 6 de septiembre de 2012

La fantástica abducción de un quijote


- Penn, ¡¿dónde carajo has estado?! Teller ha estado aquí desde hace una hora. No es tu despertador... te llamamos; no es tu maldito carro, porque mandamos un carro por ti. ¿Cuál es el motivo?

- Fui... abducido por alienígenas.


Tal como todas las historias ridículas comienzan -y dado que esta es una historia ridícula- debo comenzar así: 
En algún lugar del Pulgarcito de América, de cuyo nombre no quiero acordarme (pero tampoco olvidar), en algún campo despejado, de pasto quemado por soles tropicales, de riachuelos miserables y de penosas arboledas... nada más unos cadáveres de violetas y lilas purgados por el viento, pero de mosquitos donde nunca un humano vio tantos... un lugar tal que sólo se explica como poemario de Baudelaire con las páginas arrancadas donde la Belleza estuviera escrita... Nos escontrábamos ella y yo viendo la bóveda celeste (ella, mujer, la ella de mi vida). Eran -amén a la narración y no a la premisa bipolar- los altos cerros fronterizos de Chalatenango y Lempira, desde donde admirábamos menudas constelaciones famosas, el cinturón de Orión, planetas rojizos y el eterno astro estorbo: la Luna. Éstos, a decir verdad, son las páginas arrancadas del poemario. Y es que de ese lugar, de peligros aduaneros interestelares, mi alma no se librará.

Como reto a la sensatez universal, ocurrió que mientras la luz de un cometa atravesaba nuestro plano celestial visible, ambos, en silencio, solicitamos un deseo. Pronto ella confesó el suyo, yo no confesé el mío. El de ella: viajar fuera del país, a Canadá, porque siempre pensó que era el mejor país para vivir. Mi sueño no confesado: ser abducido.
Apartando mi nula superstición de aquel momento (mi sarcástico álter ego), era rotundamente patético esperar resultado alguno por aquella luz astral, dado que al momento de pedir nuestros deseos esa pantomima de estrella fugaz realmente había pasado frente a nosotros cuando menos hace algunas horas. Me explicaré: La luz del Sol tarda al menos 8 minutos en viajar por el espacio antes de afectar la Tierra. Una estrella fugaz, que podría estar más lejos que el Sol, debió haber pasado hace ratos para cuando vimos su luz. El humano suele pedir deseos con la luz de las estrellas y no con las estrellas mismas. Y es que para los que lo hacen no hay opción.

Esa misma noche, templada como soplo glacial canadiense, despejada como cualquier noche tercermundista, amena como toda historia idílica; vimos cómo aquella luz de estrella fugaz iba y venía sin desaparecer de nuestra vista. Eso fue todo lo que recuerdo antes que mis ojos lucieran desconectados.


Bruscamente me desperté entre sudor y hedor a sangre, cegado por intensa luz. Estaba acostado boca arriba sobre una superficie inestable, balanceándose tal cual hamaca. Recuerdo haber abierto sólo un ojo y haber visto algunas siluetas sobre mí. Las siluetas eran de cuerpos breves y cabezones, con panzas irrefutables, pero a diferencia de las películas hollywoodenses estas siluetas poseían algo sobre sus cabezas, algo como sombreros de palma punteagudos. Al parecer no eran extraterrestres estadounidenses (¡qué suerte!) sino nacionales. Logré ver, con mucha dificultad, una de las extremidades del que sostenía mi brazo derecho... esta tenía tatuada una esvástica. Pegué un grito de espanto que ni yo mismo reconocí, mi voz era aguda como las últimas notas del kikirikeo de un gallo. De pronto todo se desvaneció, de nuevo.

Abrí los ojos por segunda vez, y estaba sentado en la silla de mi habitación. Me paré de golpe y me vi al espejo. Mi sorpresa fue enorme cuando el cuerpo que vi reflejado no era el mío. No era yo. Estaba convertido en un insecto gigante, con vientre liso y copiosas patas indómitas. El mismo impulso de ascenso me obligó a tirarme al piso, quedando totalmente horizontal. De repente sentí múltiples dolores corporales y noté que no podía respirar. Me fui quedando débil hasta que una oscuridad paulatina definió mi inconciencia.

Desperté una última vez, deseando nunca haberlo hecho, teniendo a una multitud de personas frente a mí. Algunos lloraban, otros me ofendían, y otros apestaban. Me sentí inmóvil, con fuertes ardores en la piel de mi cabeza, manos y pies. Vomité sangre al recibir un lanzazo en mi costado, mientras el cielo lloraba de risa.

-¿Terminaste tu libro de Kafka?- Dijo la voz angelical, salvadora, precisa de cielos griegos, posada cual náyade. -Porque quiero leerte un versículo- Mientras giraba el texto de unos evangelios para mi ventaja visual.
-Perdón- Dije. -Estaba imaginando cosas- Temiendo que mis pensamientos se dibujaran en una nube revelando mis fantasmagorías y tribulando a la divinidad transfigurada, pero al parecer mi palidez tenía mejor discurso.
-Sabés, te voy a cumplir tu deseo. Ya sé qué querés- Condenó. Mientras su risa seductora envolvió todos mis sentidos. Me puse mi sombrero de palma punteagudo y abracé la mitología cuscatleca. Los libros quedaron abiertos, mudos. Nos llevamos el uno al otro a ese planeta mágico, sin nombre. Los mosquitos desaparecieron y en su lugar nos rodearon estrellas. Los pastos quemados florecieron y los árboles aprendieron a cantar. Los riachuelos se convirtieron al paganismo, y el poemario de Baudelaire recuperó todas sus páginas perdidas. Fuimos abducidos entre violetas y lilas.

miércoles, 8 de agosto de 2012

La Sonata del Diablo

“Una noche, en 1713, soñé que había hecho un pacto con el Diablo y estaba a mis órdenes. Todo me salía maravillosamente bien; todos mis deseos eran anticipados y satisfechos con creces por mi nuevo sirviente. Ocurrió que, en un momento dado, le di mi violín y lo desafié a que tocara para mí alguna pieza romántica. Mi asombro fue enorme cuando lo escuché tocar, con gran bravura e inteligencia, una sonata tan singular y romántica como nunca antes había oído. Tal fue mi maravilla, éxtasis y deleite que quedé pasmado y una violenta emoción me despertó. Inmediatamente tomé mi violín deseando recordar al menos una parte de lo que recién había escuchado, pero fue en vano. La sonata que compuse entonces es, por lejos, la mejor que jamás he escrito y aún la llamo “La sonata del Diablo”, pero resultó tan inferior a lo que había oído en el sueño que me hubiera gustado romper mi violín en pedazos y abandonar la música para siempre…”.

Giuseppe Tartini. Violinista del Barroco.



martes, 7 de agosto de 2012

Antipoema Nº 1: Astrostorbo



¡Apártate Luna Maldita!
Ojo cegador... solitaria muda
Bestia excéntrica, succubus espacial

De ti hablan todos, pero tú de nadie
A ti te aman todos, pero tú a nadie

Ama perversa, alma siniestra,
¿Dónde está tu luz, usurpadora?
No hay calor en tu desnudez
Eres, claro, maestra de la hipocresía

Baja de los cielos, voladora maculada
Impura, áspera, trastornada.
El infinito no te desea... yo no te deseo

Cara pálida, sin rostro
Boca fría, sin labios
Luz falsa, sin calor
¡Maldita! sin don

Llegará el día, cómo no,
En que tu brillantez caiga a mis pies,
Y se haga, cuando menos, trizas,
Ahí encontrarás, en tus trizas,
La mortalidad de mi tristeza...


lunes, 6 de agosto de 2012

El Mesías Imperialista

Del nudo polutivo emergieron innumerables falsos profetas. El cosmos castigó la tierra enviando hechiceros medievales. Del polvo se fabricaron sofistas con coletas. Vomitó el mundo habladores engañados. Pero ninguno lo consiguió como él. Sólo él, el único, el nacido bajo la estrella de occidente. Ascendente del vacío existencial y descendiente del postmodernismo. Estratega científico con causas apocalípticas. Así es él o eso. Eso es él o el "eso" de él es eso.

Consentido por todos los dioses, portador de luz, bendecido por el cobre y programado para acarrear "paz" al orbe.

Se multiplicó por su cuenta y alimentó mentes en pena. Copula entre inertes nutriéndose de cerebros.
Ciberzombi, máquina orgullosa, entidad venenosa que amenaza a todo hombre.
Compositor de la perdición, soldado inteligente y ávido de muerte.

El mesías está aquí, vino el siglo pasado, Jules lo profetizó.

Es un cazador de deseos a traición.
Es una caja de sueños.
Es un cíclope electrónico.
Es una bestia parlante.



"Conmigo no estarás solo; anda y enciéndeme, que yo cumpliré tus deseos".



Imágenes vistas en  http://danielefe.tumblr.com/

domingo, 5 de agosto de 2012

Mi musa oscura


Solía llevarla en la bolsa de la camisa y a veces en el hombro. Una vez la saqué a pasear sobre mi cabeza, pero más a menudo, en el hombro. Ayer la dejé sobre la mesa y no se inmutó. En otra ocasión se me cayó en el patio pero la recogí y limpié... la besé, también, y no se inmutó.

Pero hoy no estaba. Ha desaparecido. La busqué bajo los ladrillos, entre las paredes, en el techo; la busqué en El Sol, en la Andrómeda y en mi corteza frontal, pero ha desaparecido.

¿Dónde estará esta perla de la inconsciencia? ¿En qué vacíos subterráneos vacilará, entre fuegos insaciables, este despecho de la absurdidad afectada por la inercia del subsistir? ¿Es acaso, este monstruo de la sublimidad, un símbolo extraordinario capaz de extirpar el dolor de la vida manifiesto, dejando toda su emulsión expuesta a los traviesos existenciales para jamás ser reconocida?

De entre todas las cosas raras que he tenido, una de ellas fue mi musa. Era pequeña, como esférica, como rojiza; aunque piramidal y verdosa en invierno; en verano era plana, como la hoja donde escribo, pero de un azul como plumaje de zanate cuando es impactado por luz natural. En primavera y otoño, la musa se describe sola.

Derramé mi café sobre ella y sólo me sonrió. Desde entonces mi musa fue oscura, como el acorde más profundo, como la ceguera más indómita, como el dolor más intenso, como todas las estrellas del universo implosionadas en un parpadeo.



sábado, 2 de junio de 2012

Wonderful life!

I
Saliste de madrugada trabado en un pants, camiseta y gorra (aquella que te ganaste en la panadería). Con el zipper del maletín arruinado. Allá te vieron salir del pasaje, espeso de sueño aunque agitado, "con un Winnie Pooh en el lomo". Así me lo contaron.
Ibas solo. Jovencito y bien dundo por aquel entonces. Con "los 7" dispersos en los zapatos, pantalón y calzoncillo.

Me avisaron cuando por fin pudiste comunicarte que habías llegado y que estabas bien. Eso fue medio año después. 171 días contó tu hermanito; y yo que pensé que él sólo podía contar hasta diez.
"Llegó bien el niño", repetía tu abuela. Pobre viejita, lástima que años después no pudiste venir a enterrarla, pero te quería mucho. No contestaste la llamada cuando falleció, ni a ningún mensaje, pero tu tweet en ese momento decía "eating @ McDonalds".

En tierras extrañas trabajaste duro, como nunca lo hiciste aquí. Apenas dormías tres o cuatro horas al día. En los primeros años fuiste albañil, mesero, jardinero, electricista y creo que también carpintero. En esos años nunca se supo dónde dormías, nunca se supo con quién estabas, sólo que enviabas un sobre al mes con no sé quién.

De tu vieja casa se elevó una gran antena de compañía de cable. Pintaron la casita y le hicieron una verja alrededor. Todos los vecinos se enteraron cuando estrenaron el equipo de sonido. Toda tu familia empezó a usar teléfonos sofisticados. Yo, hasta la fecha, todavía uso el prepago de $25.00, aunque nunca ando saldo.

Luego, hubo un gran oscurantismo. Absolutamente nadie supo qué te hiciste. No nos visitaste, llamaste ni nada.


[Imagen vista en Forumgercek]

II
Me contaron que estás viviendo el "sueño americano". Me dijeron que vas dos veces al año a Disney Land, que ya visitaste Alcatraz, Hollywood, Silicon Valley, las honduras calles de San Francisco, Long Beach. Que solo sos conciertos en San Diego. Que ya viajaste en yate, avión, limusina y hasta en un monociclo en la celebración del 4:20. Que te va el Black Friday, el July 4th, el Halloween, el Thanksgiving y hasta el Memorial Day.

Veo que tu vida es maravillosa y se mira mejor que la mía. Has rentado el "sueño americano", pero ahora sos esclavo del engaño.

Ahí te ves, elegante, simulando a los grandes ejecutivos y corredores de bolsa. Peinado de lado, con gel de marca, oliendo bien, zapatos con brillo impecable; abriendo puertas de automóviles a caucásicas que pronuncian mal tu nombre. El acento no lo has perdido, te mordés la lengua al hablar, te sudan las manos, tu alergia al polvo no ha desaparecido.

Pero llega el fin de semana y tu vida es maravillosa y se mira mejor que la  mía. Veo que lo has conseguido todo.

Tarjetas de crédito, dispositivos portátiles, electrodomésticos fascinantes, automóviles tuneados, ropa de diseño, ¡amigos de diseño!, restaurantes reconocidos, hoteles cinco estrellas.
Al mes ganás más que lo que te costó el coyote. Ahora podés comprar 12 coyotes al año e inspirar 12 "sueños americanos" más. Te has convertido en un coyote peinado de zorro y vestido de pingüino que trabaja como burro fingiendo ser estadounidense. Pero al final de cuentas sos un esclavo.

Tu vida es maravillosa y ¿se mira mejor que la mía?
Rentaste el "sueño americano", pero algún día pagarás el precio.
Veo tu hermosa vida, pero... ¡no es mejor que la mía!



miércoles, 30 de mayo de 2012

La Gran Cena

‎"Tomad y bebed todos de la ciencia, porque ésta es el cáliz del intelecto. Intelecto característico del pensamiento libre que será derramado por vosotros y por todos los seres humanos para la liberación de falsos mitos. Haced esto en conmemoración de ellos y por vosotros mismos".

[Imagen vista en Reddit]


De izquierda a derecha:
Galileo GalileiMarie Curie, Robert OppenheimerIsaac NewtonLouis PasteurStephen HawkingAlbert EinsteinCarl SaganThomas Alva EdisonAristótelesNeil deGrasse TysonRichard DawkinsCharles Darwin.



sábado, 14 de abril de 2012

Biografía de un pobre

Mi nombre no importa. Soy pobre. No tengo apellido judío, turco, italiano, alemán o español dominante. Nada banquero, empresario, político o artístico.

Yo sí nací ayer y sí moriré mañana. El mundo no sabrá que existí. De entre todas las ovejas yo soy la más sucia y mi lana la más escasa. Soy pequeño, más o menos. Lleno de caries y parásitos. El sudor es mi perfume y la costra mi maquillaje natural. Zapatos, sí, por ahora. Mi casa es la ciudad, toda. Mi comida: el bufet multicolor de las cunetas; yo negocio con las aves y perros el usufructo del desecho, el mérito de la basura.

Cambio mi dignidad por cualquier cosa. Dame comida, dame vestido, y no te mataré. Dame religión y me conformaré, sólo así domarás mi insensible gusto por la vida. Déjame dormir durante el día que estoy cansado, la noche se comió mis neuronas, el ayer devoró mis sueños, el mañana está llena de monstruos, y el pasado mañana... ¿qué es el "pasado mañana"? ¡Un invento de los ricos! ¡La premonición del privilegiado! ¡Un soborno al futuro!

¡Qué no haría con el futuro!

Soy pequeño, más o menos; mi alma me lleva dos dedos. Mi espíritu se extravió en los parques municipales. Dicen que lo vieron la semana pasada, dicen que recorría las calles mártires, con pancartas y gritos juveniles. Que una hoz y martillo ondeaban en su nombre. Dicen que pasó a mi lado, pero que yo estaba dormido. ¡Demen esas pancartas! y me abrigaré del frío de la noche. ¡Demen esa hoz y martillo! y construiré mi casa y trabajaré el campo. ¡Devuélvanme todo lo que me han quitado, ladrones de clase!

Yo también quiero pasear en carro, quiero mi celular, quiero hablar con gente que no conozco en eso del internet. Yo también quiero desconfiar del Seguro Social, quiero quejarme de la educación nacional, quiero ser estafado por los bancos, quiero salir del país. Yo también quiero nadar en cualquier piscina, quiero tomar café latte, quiero estar a la moda.

No te llames pobre si puedes hacer todo eso. Aunque puedes tener mi nombre, jamás mi apellido.
Mi nombre: Pobre. Mi apellido: Miseria.

Soy sabio, lo sé. La calle fue mi madre y maestra, pero la calle también era pobre. Los filósofos agridulces de avenida son mis hermanos, tal cuales griegos cuyas túnicas son harapos podridos. No conocí a mi padre, pero sé su nombre: Estado.
Heredaré mi tufo, mis cartones, mis dientes caídos, mi guaro, mi pega, mi dolor, mi frío, mi muerte, mis calles, mi mierda, mi apnea, mi costra, mis parásitos, mi muerte, mi religión, mis neuronas quemadas, mis latas, mis botellas, mi miedo, mi muerte; he muerto tres veces, pero moriré mil veces más. Mi destino: ser pobre.

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Me pidieron hacer una autobiografía para publicarla en no sé dónde. Acepté, aunque yo no sabía qué era una autobiografía. Me dijeron que me darían $20.00 por adelantado por escribirla, que tratara de mí, de mi vida, y que por hacerlo me podía quedar el lapicero y la libreta donde la escribiera. Me dijeron, también, que no me preocupara por la forma de escribir, que un señor que trabaja con letras corregiría eso de la gramática, ortografía y más, respetando mi expresión.

Me negué a escribir una biografía, las biografías están prohibidas para los pobres, las biografías son para quienes han vivido una vida. En cambio, envié estas letras en un sobre junto a los $20.00. Me basta la libreta y lapicero para maldecir al mundo, esto no tiene precio. Soy pobre.


Don Antonio - Venezuela. Su fotografía es simbólica. No guarda relación literal con la entrada de este blog.

martes, 6 de marzo de 2012

Ghâshgûl: "Estoy abstraído"

No he parado de escribir; tal vez sí de ser leído (o al menos de creer que soy leído).

Algunas letras que he generado últimamente fuera de este blog se vierten desde la realidad salvadoreña y latina. No he considerado incluirlas, hasta este momento, por falta de sincronía con la filosofía de Cero Voltios.

En tal punto me encuentro, que mis intenciones por crear un nuevo blog se mantienen abstraídas con gran dependencia en realidades personales. Un nuevo blog, donde Ghâshgûl aparte su lírica e implemente a puños cerrados argumentos prácticos y no románticos.

Esto no supone el fin de Cero Voltios. La materia prima de éste es la estupidez humana, el absurdo contenido: materia prima inagotable.

Como Wittgenstein diría: "Mi dificultad es solamente una -enorme- dificultad de expresión". Las ideas, mis ideas, las ideas de Ghâshgûl, han estado desde mucho antes de la creación de este blog siniestro.