jueves, 6 de septiembre de 2012

La fantástica abducción de un quijote


- Penn, ¡¿dónde carajo has estado?! Teller ha estado aquí desde hace una hora. No es tu despertador... te llamamos; no es tu maldito carro, porque mandamos un carro por ti. ¿Cuál es el motivo?

- Fui... abducido por alienígenas.


Tal como todas las historias ridículas comienzan -y dado que esta es una historia ridícula- debo comenzar así: 
En algún lugar del Pulgarcito de América, de cuyo nombre no quiero acordarme (pero tampoco olvidar), en algún campo despejado, de pasto quemado por soles tropicales, de riachuelos miserables y de penosas arboledas... nada más unos cadáveres de violetas y lilas purgados por el viento, pero de mosquitos donde nunca un humano vio tantos... un lugar tal que sólo se explica como poemario de Baudelaire con las páginas arrancadas donde la Belleza estuviera escrita... Nos escontrábamos ella y yo viendo la bóveda celeste (ella, mujer, la ella de mi vida). Eran -amén a la narración y no a la premisa bipolar- los altos cerros fronterizos de Chalatenango y Lempira, desde donde admirábamos menudas constelaciones famosas, el cinturón de Orión, planetas rojizos y el eterno astro estorbo: la Luna. Éstos, a decir verdad, son las páginas arrancadas del poemario. Y es que de ese lugar, de peligros aduaneros interestelares, mi alma no se librará.

Como reto a la sensatez universal, ocurrió que mientras la luz de un cometa atravesaba nuestro plano celestial visible, ambos, en silencio, solicitamos un deseo. Pronto ella confesó el suyo, yo no confesé el mío. El de ella: viajar fuera del país, a Canadá, porque siempre pensó que era el mejor país para vivir. Mi sueño no confesado: ser abducido.
Apartando mi nula superstición de aquel momento (mi sarcástico álter ego), era rotundamente patético esperar resultado alguno por aquella luz astral, dado que al momento de pedir nuestros deseos esa pantomima de estrella fugaz realmente había pasado frente a nosotros cuando menos hace algunas horas. Me explicaré: La luz del Sol tarda al menos 8 minutos en viajar por el espacio antes de afectar la Tierra. Una estrella fugaz, que podría estar más lejos que el Sol, debió haber pasado hace ratos para cuando vimos su luz. El humano suele pedir deseos con la luz de las estrellas y no con las estrellas mismas. Y es que para los que lo hacen no hay opción.

Esa misma noche, templada como soplo glacial canadiense, despejada como cualquier noche tercermundista, amena como toda historia idílica; vimos cómo aquella luz de estrella fugaz iba y venía sin desaparecer de nuestra vista. Eso fue todo lo que recuerdo antes que mis ojos lucieran desconectados.


Bruscamente me desperté entre sudor y hedor a sangre, cegado por intensa luz. Estaba acostado boca arriba sobre una superficie inestable, balanceándose tal cual hamaca. Recuerdo haber abierto sólo un ojo y haber visto algunas siluetas sobre mí. Las siluetas eran de cuerpos breves y cabezones, con panzas irrefutables, pero a diferencia de las películas hollywoodenses estas siluetas poseían algo sobre sus cabezas, algo como sombreros de palma punteagudos. Al parecer no eran extraterrestres estadounidenses (¡qué suerte!) sino nacionales. Logré ver, con mucha dificultad, una de las extremidades del que sostenía mi brazo derecho... esta tenía tatuada una esvástica. Pegué un grito de espanto que ni yo mismo reconocí, mi voz era aguda como las últimas notas del kikirikeo de un gallo. De pronto todo se desvaneció, de nuevo.

Abrí los ojos por segunda vez, y estaba sentado en la silla de mi habitación. Me paré de golpe y me vi al espejo. Mi sorpresa fue enorme cuando el cuerpo que vi reflejado no era el mío. No era yo. Estaba convertido en un insecto gigante, con vientre liso y copiosas patas indómitas. El mismo impulso de ascenso me obligó a tirarme al piso, quedando totalmente horizontal. De repente sentí múltiples dolores corporales y noté que no podía respirar. Me fui quedando débil hasta que una oscuridad paulatina definió mi inconciencia.

Desperté una última vez, deseando nunca haberlo hecho, teniendo a una multitud de personas frente a mí. Algunos lloraban, otros me ofendían, y otros apestaban. Me sentí inmóvil, con fuertes ardores en la piel de mi cabeza, manos y pies. Vomité sangre al recibir un lanzazo en mi costado, mientras el cielo lloraba de risa.

-¿Terminaste tu libro de Kafka?- Dijo la voz angelical, salvadora, precisa de cielos griegos, posada cual náyade. -Porque quiero leerte un versículo- Mientras giraba el texto de unos evangelios para mi ventaja visual.
-Perdón- Dije. -Estaba imaginando cosas- Temiendo que mis pensamientos se dibujaran en una nube revelando mis fantasmagorías y tribulando a la divinidad transfigurada, pero al parecer mi palidez tenía mejor discurso.
-Sabés, te voy a cumplir tu deseo. Ya sé qué querés- Condenó. Mientras su risa seductora envolvió todos mis sentidos. Me puse mi sombrero de palma punteagudo y abracé la mitología cuscatleca. Los libros quedaron abiertos, mudos. Nos llevamos el uno al otro a ese planeta mágico, sin nombre. Los mosquitos desaparecieron y en su lugar nos rodearon estrellas. Los pastos quemados florecieron y los árboles aprendieron a cantar. Los riachuelos se convirtieron al paganismo, y el poemario de Baudelaire recuperó todas sus páginas perdidas. Fuimos abducidos entre violetas y lilas.