miércoles, 31 de octubre de 2012

Carcañal de mamífero (o el Talón de Aquiles de un Homo sapiens)

De repente se dio cuenta que tenía una deuda histórica con la literatura. De repente todos sus barcos, con destinos indefinidos y dispersos en los siete mares, tomaron conciencia que estaban lejos uno del otro y que estaban dispersos en los siete mares. De repente notó que dormía de noche y no de día, sin saber un porqué válido. De repente perdió el significado del nudo de su corbata; vio a el espejo como un enemigo de la estética, un duplicado, un espacio ilusorio donde nada se podía cambiar; tomó el cepillo de dientes y supo que no había diferencia entre un cepillo y otro, sólo marketing. De repente sabía la diferencia exacta entre mentira y verdad. De repente entendió que sólo era un animal pensante, un conjunto de materia conciente de sí mismo, que los átomos que lo componían estaban adyacentes por una fuerza fundamental mas no unidos, que el Bosón de Higgs estaba presente incluso en cada neurona que lo había hecho despertar. De repente supo que la música que tanto amaba eran sólo golpes de aire que sus sensibles tímpanos recibían y su cerebro codificaba y su cultura interpretaba; que el Blues era igual al Flamenco; que no había diferencia objetiva entre Mozart y un gato caminando por las teclas de un piano. A su vez comprendió que su cultura era una copia de costumbres alejadas del salvajismo primitivo, adaptado y adoptado de un salvajismo moderno: era un salvaje domesticado. Percibió, por fin, que los olores era información valiosa para supervivir en un mundo repleto de feromonas, químicas del miedo, desechos peligrosos y hasta del calor. De repente tomó conciencia que tenía un corazón (esto fue muy importante), un hígado y un bazo, entre otros órganos. De repente conocía el significado de tener uñas, bello corporal, dedos, rodillas, sexo, pezones, lunares, camanances... y recorrió su cuerpo de regreso: orejas, cuello, codos, ombligo, ano, carcañales de mamífero. De repente lo vio todo... todo lo que era —¿humanamente?— concebible a través del Udyat: parecía haber comido el fruto prohibido de un segundo Edén; parecía haber abierto una segunda Caja de Pandora; parecía haber superado la Lux Mortis; parecía haber domado a Sleipnir; parecía haber sacrificado al gran Nu Balam Chak.

Pero tenía una deuda histórica con la literatura. Y al decirse esto también sabía lo peor: la deuda se empeñaba con su conciencia hacia el arte. Tenía un minuto cuarenta segundos de haber cumplido 30 años de edad (¿de vida?) y no sabía nada de Arthur Rimbaud; desconocía a Yukio Mishima; le sonaba de algún lado Frida Kahlo, nada más; que Donatello realmente tenía que ser más que una tortuga come pizzas entrenada por una rata inmunda; ni puta idea de quién era Rembrandt, pero sí que de Holanda eran los tulipanes; migraba mentalmente hacia Alemania en busca de un tal Ulrich Beck, pero sin entender cómo es que se le venía a la mente ese nombre; se arriesgó en recordar del futuro incipiente
—dejavú invertido— a Goya, pero no era más que consecuencias de ir a gorronear vino medianamente añejo a exposiciones de arte políticamente preparadas por burgueses que desconocían el viajar en un medio de transporte colectivo y que a fin de cuentas constituía compartir el pasatiempos de esposas de empresarios que alternaban con las telenovelas y revistas del corazón, o en su defecto amantes de la estética ordinaria (la que se consigue fácil con dinero) pero no amantes de la enfermedad llamada arte. Quiso saber por qué vocalizaba como espasmo sonoro "Morelli", "Sagatara", "Zaratustra", "Melquíades", "Dupin", "Fausto", otros nombres eslavos, latinos, griegos, que mal pronunciaba porque estaba acostumbrado a hablar siempre y cuando se le dibujara la palabra en la mente, pero no obtenía respuesta alguna (otra vez el dejavú invertido).
Se avergonzó de sólo conocer a Eduardo Galeano, Vargas Llosa, Confucio, Kant, Schopenhauer, Bertrand Russell, Van Gogh, Dalí, da Vinci, Alejandro Dumas, Homero, entre otros famosos de salón de colegio y universidad; su vergüenza proseguía al conocer apenas dos movimientos de Rachmaninov y de saberse de memoria tarareada la novena sinfonía de Beethoven, aprendida cuando se creía libre, pero ni una sóla nota de Tchaikovsky, mucho menos las doce de Schoenberg; de conocer 22 bandas del NWOBHM pero de ignorar que el punk inició en Perú a mediados de los sesenta con Los Saicos... pero algo le decía que esto último no era arte, y su conciencia de La Nada se tranquilizaba en una tasa de 6.626x10^-34, lo cual era significativo para su nuevo despertar.

Udyat o El Ojo de Horus.

Volvió al plano físico y un rayo de alba le quemaba la retina. Esto le disparó un poco más la conciencia: supo que la resolución de su vista debía ser de unos 200 ó 300 Megapixeles, que más que una decisión, era su daltonismo lo que le había llevado a tomar como hobby la música y no la pintura (como si estos no tuvieran la robustez de ser artes que toman al ser humano como hobby y no al revés). Se enteró que las pisadas agudas que se escuchan en el techo de su pieza son aves hambrientas picoteando sobre insectos y no machos cabríos bailando folclóricamente creados en la noche de Halloween (ya lo sabía, pero le divertía la teoría).
Se enteró y adquirió conciencia de cien mil cosas más, más crudas y hermosas, más absurdas y tediosas; respuestas a un océano azul marino cuando desde hace tres décadas sólo preguntaba cosas de piscina con azulejos azul piscina.

—¿Y si aprendo a tocar violín?—  Se preguntó a sí mismo.  —¿Cuánto costaba el bastidor que vi la última vez, los lienzos, los pinceles de pelo de camello?—  Imaginaba los hedores de camello de un óleo del Capitán Napoleón Bonaparte cabalgando (¿camellando?) en Egipto.  —¿Y si voy a la Biblioteca Nacional por primera vez y busco a los poetas malditos, uno a uno hasta que duela el cerebro? ... ¡Já! El cerebro no tiene terminales nerviosas... no me puede doler... pero por si acaso prestaré un libro de principios de neurología.—  Balbuseaba.  —Creo que prestaré todos los libros. Total, la gente de mi ciudad no lee. La gente de mi país no lee. La gente de mi raza no lee. ¿De qué raza soy? ¿Querré decir "subespecie"?—  Y el nirvana era inminente.  —¡A tomar por culo!—  Gritó por enésima vez en su vida (¿en su edad?).  —Un jaloncito más a esta chustilla y doy por celebrados mis treinta.—

Durmió durante horas. Despertó. Era lunes de mañana. Se cepilló los dientes con su costoso cepillo, buscó la camisa planchada, los zapatos con cintas, la corbata del lunes; se vio al espejo y su tercer ojo desconectado del cerebro percibió a un ser humano dirigiendo barcos hacia los siete mares ilusorios que el monocristalino le proponía. Salió de casa dando el portazo habitual de quien vive solo y no tiene quien le recuerde cuidar el inmueble, y se fue a laborar doce horas. Al regresar hizo café, se aflojó la corbata, prendió la televisión. Se fue quedando dormido en el sofá. Cuando despertó tenía cuarenta años, sus barcos hundidos y dudaba si las pisadas en el techo de su pieza eran aves picoteando insectos.  —Esos son centaurines.—  Dijo.


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