jueves, 27 de diciembre de 2012

Los días en Morazán - I

A finales del 2010 tomé mi maleta, eché un par de jeans y camisetas, y emprendí mi viaje -en bus- a Morazán. Hacía por lo menos incontables años de mi última visita al cantón de origen de mi madre. Había pasado tanto tiempo que dudé si el pueblo seguía existiendo, si aquella casa olor a adobe fraguado seguía de pie con la mirada perdida hacia la plaza central, si la iglesia donde se veneraba a (San) Antonio de Padua no había sido quemada por algún subversivo con secuelas del conflicto armado, si "el palo de morros" en cuya raíces me tropecé cuando niño no había dado uno o dos pasos para adelante curioso por ver más allá del cerro, el mismo cerro donde alguna de mis múltiples infancias aún recorría entre risas burlonas eternas y solemnes tardes con la ropa ensuciada de cualquier cosa pueril y campestre. Pensé en el río que pasa atrás de la casa que atestiguó la venida al mundo de mis tíos, el río que se hacía dos y luego tres y posiblemente cuatro, pero nunca llegamos tan abajo. Imaginé el puente de entrada al pueblo, la calle de piedras de río donde el trote de caballos, ganado y burros hacían adagios con do menor terminando de romper el silencio que la noche tanto guardó y que las aves de corral desvirgaron. Pensé en los señores de edad que siempre saludaban y sonreían sin prejuiciar la personalidad. "Usted es hijo de M..." me decían, y yo asentía viéndome los zapatos: unos tenis blancos. Oh, los viejos, ya estarán más viejos, me decía a mí mismo mientras acomodaba mi maleta y me daba cuenta que había olvidado la máquina de afeitar (tarde, como siempre, el bus interdepartamental ya había partido conmigo dentro).

La televisión nauseabunda, compañero de asiento indeleble a la mudez, movimiento del bus insoportable como para sacar mi copia de El Estudiante de Salamanca, demasiada intensidad solar para dibujar, en el sitio incorrecto para ligar (¿a qué iba a Morazán?)... ya voy a llegar, sólo son 3 horas y media.

El bus se incorporó al desvío, yo ya llevaba mis naranjas adquiridas en las ventas ambulantes. Todo empezó a oler diferente. Yo también.

Nocturnos vientos de invierno me recibieron, melancólicos, fríos y angustiados. La plaza central, de tierra siempre, vertida en un polvo paciente y piedras envejecidas, saludaron al conductor. Al instante, en el bus gritaron el nombre del pueblo, por lo que di un brinco espasmódico y bajé saltando un canasto y dos gallinas de sus patas atadas. El bus se alejó, siguiendo la ruta de la frontera, aunque yo sentí que se elevó y flotó entre la breve niebla hacia las estrellas. Tenía hambre, de las naranjas sólo sus cascarás quedaron.
Era yo y mi maleta, yo y mis zapatillas negras, yo y mi barba de chivo, yo y las estrellas.
El olor intenso a vegetación, a humedad, a pólvora ochentera, a pies descalzos y a cuadrúpedo guió mi camino. Estaba a un par de pasos de la casa donde me esperaban sin esperarme. No dudé, ni un segundo, que al verme me reconocerían, un tío, un primo o por lo menos uno de mis viejos. Esa era mi garantía, puesto que yo no me acordaba siquiera de mí mismo. Un foco de 40W, único en todo el pasillo exterior de la casa, vislumbró mi perfil. El corredor estaba cansado, abstraído pensando en otros tiempos. Supe que el corredor también envejecía cruelmente. Miré en detalle las puertas, los marcos, las tejas del recibidor, los pilares de madera, algunas manchas y marcas... cuánta tristeza, cuánta nostalgia acumulada explotaba en mi presencia en un absoluto silencio que sólo las almas más atormentadas podían descifrar. Sabía que el dolor de los recuerdos sería el primero en atenderme, sin embargo el dolor se alegraba de verme.
Un gato salió de la puerta del fondo y se paseó frente a mí. Nunca había prestado tanta atención al sonido que emiten las pisadas de un gato. Era un silencio de cueva, salvo uno que otro viento encaramado en láminas de aluminio lejanas. Después de unos segundos, detrás del gato, un hombre alto y robusto, barbado y triste, muy triste: un espanta-gatos, sonrió al verme y en seguida un protocolo improvisado de bienvenida familiar se inició. En efecto, fui reconocido.

La cena más exquisita en incontables años. Una fraternidad legendaria me abrazaba. Una brisa sabor a guayaba y pasto fresco me cosquilleaba la memoria, me invitaba a echar un vistazo al patio, a perseguir gallinas sin atraparlas, a ensuciarme la ropa en el pequeño granero y espantar las sombras de la noche; pero aún me quedaba media tortilla y me sobraba edad.
Conocí al resto de la familia, nuevos primos, sobrinos y mascotas. Conocí, también, mi cama. 

5 comentarios:

  1. Que relato más lindo. Definitivamente al leerte, sentí que era yo la que subí a ese bus, la que llegó a esa casa, la que ceno con su familia y no en Morazán, sino en Tenancinggo, Cuscatlán, de donde son mis padres.

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  2. Gracias por compartir tu historia sin narrarla. Si tus raíces están allá, no dudo que es una tierra fértil.
    Realmente necesitaba ese viaje. Posterior a él inicié este blog. Aún siento algunos aromas.

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  3. Siempre es rico leerte.

    Un abrazo.

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  4. Mañanas y tardes en sus letras vengo a conocer la libertad, este claustro de puertas abiertas que llaman trabajo no puede contener mi alma cuando sus letras la tocan, reviviré mil veces si de su cáliz bebo, habitante eterna de sus travesuras literarias, me declaro bajo el tenaz hechizo de ellas.

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  5. No hay muros para las letras. Sírvase de ellas, Campanella. Ellas, independientes, vuelan por mí y condenan las almas, incluyendo la mía. A veces creo que olvidan mi nombre desde que conocieron letras de sus delicadas manos.

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